La salsa blanca sin manteca es una alternativa perfecta para quienes buscan una versión más liviana del clásico bechamel.
Tradicionalmente, esta salsa se hace con manteca, harina y leche, pero se puede lograr la misma textura y sabor reemplazando la grasa por aceite o incluso por una base vegetal.
El resultado es igual de cremoso, más saludable y muy fácil de preparar. Ideal para acompañar pastas, carnes, pescados o verduras gratinadas.
Preparación
- En una cacerola, calentá el aceite a fuego medio.
- Agregá la harina y mezclá con cuchara de madera o batidor para formar una pasta (roux). Cociná 2 minutos sin que se dore.
- Incorporá la leche de a poco, batiendo constantemente para evitar grumos.
- Cuando la salsa comience a espesar, bajá el fuego y seguí revolviendo hasta lograr la textura deseada.
- Salpimentá y añadí una pizca de nuez moscada si querés un toque más aromático.
- Usala inmediatamente o guardala en heladera para tus comidas.
Tips y variantes
- Si querés una salsa aún más liviana, reemplazá parte de la leche por caldo de verduras.
- Para una textura más espesa, aumentá la harina a 3 cucharadas.
- Podés convertirla en salsa de queso agregando una taza de queso rallado al final.
- Combiná esta base con salsa de verdeo o con salsa de tomate casera para gratinados y lasañas.
Cómo conservarla
Guardá la salsa blanca sin manteca en un recipiente hermético y refrigerala hasta por 3 días.
Para recalentarla, hacelo a fuego bajo y agregá un chorrito de leche si se espesó demasiado.
Usos recomendados
- Como base para pastas o canelones.
- En verduras gratinadas o papas al horno.
- Para preparar soufflés o rellenos cremosos de tartas.
Simple, liviana y versátil, la salsa blanca sin manteca demuestra que comer rico y saludable no está reñido. Una receta fácil para sumar sabor y suavidad a cualquier plato.
